CRITERIOS ACERCA DEL VALOR HISTÓRICO DE LOS EVANGELIOS CANÓNICOS
¿En qué grado son los Evangelios un testimonio fiable de la vida de Jesús? Los autores divergen sobre qué hay de histórico en ellos y qué hay de inventado.
Tenemos más testimonios históricos sobre Jesús que sobre cualquier otro personaje de la Antigüedad, por lo que hoy en día nadie duda seriamente de la existencia de este personaje (otra cosa es creer que fuera el Mesías, lo cual corresponde al campo de la fe). Ahora bien, ¿qué valor histórico tienen los Evangelios canónicos?
Los Evangelios canónicos no son una rigurosa crónica histórica
Lo primero que salta a la vista en los Evangelios son los vacíos que hay en la vida de Jesús, como sus años de infancia. Ello se debe a que no son una crónica rigurosa de la vida de Jesús, sino una predicación, una visión teológica de la vida, palabras y obra de Jesús.
Cada uno de los evangelistas ha elegido los hechos y dichos de Jesús que creen más relevantes, adecuados e importantes para la comunidad a la cual va destinado su escrito, de manera que reciban la Buena Nueva. La historia sólo interesa en cuanto Historia de Salvación (Manuel Gesteira).
El paso de la tradición oral sobre Jesús a los Evangelios canónicos
Ya las primeras comunidades dieron una gran importancia a la historia de Jesús: las tradiciones orales sobre su vida fueron recogidas por escrito en colecciones de “hechos y dichos” que fueron usados por los evangelistas, en mayor o menor medida, para redactar los Evangelios, especialmente los que se conocen como “sinópticos” (Mateo, Marcos y Lucas), en los cuales podemos ver varios paralelismos derivados del uso común de fuentes.
Razones para defender el valor histórico de los Evangelios canónicos
Ya hemos dicho que los evangelios no son una crónica rigurosa de la vida de Jesús, por lo que cabe preguntarse en qué grado esta historia fue modelada, cambiada, mitificada…
No obstante, hemos de considerar que el poco tiempo que transcurrió entre los hechos y los primeros relatos hace muy difícil la mitologización (si tomamos como bueno el año 33 como fecha de la muerte de Jesús, los primeros testimonios son las primeras cartas de Pablo, escritas cerca del año 50)
Además, los narradores, que son discípulos pertenecientes a la comunidad de fe, citan siempre como fuente testigos oculares. Como ejemplo, tenemos Lc 1,2 (“tal como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la Palabra”), 2 Pe 1,16 (“no por habernos familiarizado con mitos elaborados artificialmente, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza”) o 1 Jn 1,1 (“lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos...”).
Hemos de considerar, como criterio de veracidad, que resulta impensable que todos los hechos y dichos de Jesús que rompen radicalmente con la tradición judía fueran inventados por una comunidad palestina, especialmente aquellos que hacen referencia al Templo o al sábado.
Otros criterios a tener en cuenta son el testimonio múltiple, es decir, todos aquellos episodios que aparecen en diferentes fuentes (por ejemplo, el gesto del pan y el vino en la última cena, que aparece en los evangelios y en las cartas de Pablo), aquellos que aparecen en los cuatro Evangelios y aquellas expresiones lingüísticas propias de Jesús, como el uso del amén (“en verdad, en verdad os digo…”).
Autores a favor y en contra de la historicidad de los Evangelios canónicos
A finales del siglo XVIII, se empezó a plantear la cuestión de si este “Cristo de la fe” no sería una añadidura al Jesús histórico, un “invento” o una desfiguración de la comunidad cristiana, que hubiera falseado la verdadera historia de Jesús de Nazaret.
El teólogo protestante Bultmann, buen escriturista, estableció una distinción tajante entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe, magnificado por la comunidad creyente. Para Bultmann, lo que importa no son los hechos históricos, sino el sentido latente de estos, el mensaje que nos transmiten, la palabra que Dios nos dice a través de ellos. La teología de Bultmann, como toda la tradición luterana, se centra más en la palabra que en la historia, se apoya más en Pablo que en los evangelios.
Joachim Jeremias es la voz opuesta a Bultmann: busca las ipsissima verba Iesu, las palabras pronunciadas históricamente por el mismo Jesús, centrándose en el estudio de determinadas expresiones de carácter arameo que subyacen al griego del Nuevo Testamento.
Los teólogos llamados “post-bulmanianos”, como Käseman y Bornkamm, representan una postura intermedia entre Bultmann y Jeremias. No buscan tanto los ipsissima verba cuanto las “intenciones” o la “pretensión” de Jesús. Se centran en aquellos rasgos de Jesús que no aparecen en los fundadores de otras religiones, buscando en ello la singularidad de Jesús.
Entre el Jesús histórico y los evangelios se da una mediación clave: la Iglesia
A diferencia de lo que creía Lutero (continuidad total entre el Verbum incarnatum, el verbum scriptum y el verbum praedicatum), la vida de Jesús no está directamente reflejada en los Evangelios. El Verbo encarnado en Jesús sigue haciéndose carne en la vida de la comunidad de sus seguidores, y es esa comunidad la que expresa su propia vivencia de Jesús (J. M. Gesteira). Por eso, los evangelios nos hablan no sólo de Jesús, sino también de la primera comunidad.
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